¿Se puede ser de izquierda y neoliberal al mismo tiempo? Segunda Parte: La nueva izquierda: ¿sólo retórica populista? De lo nacional a lo mundial.

Hay dos descalificaciones que desarrollan los críticos sobre la nueva izquierda. Castañeda sostiene que para ellos: “…rhetoric is more important than substance, and the fact of power is more important than its responsible exercise.”(2006, 7). Se entiende con esto que no hay un proyecto social o político en los nuevos gobiernos de izquierda, sólo el desarrollo de un discurso sin contenido y el ejercicio del poder por el poder. Contra ese argumento, lo que queremos plantear es que, más allá de la retórica y del liderazgo carismático, hay un proyecto que tiene una doble dimensión: la renovación de la democracia al interior de las sociedades nacionales por medio de la superación de los límites del liberalismo; y la renovación de la democracia y de las relaciones económicas en el ámbito internacional, más allá de los límites de las actuales asimetrías del mercado global y de la hegemonía política de Estados Unidos.

a) Pensar la democracia más allá del liberalismo: recuperando la dimensión utópica. Tres son los principales componentes de una ciudadanía democrática bajo los supuestos del liberalismo (Arditi, 17). En primer lugar, la igualdad entre ciudadanos y su reconocimiento público (que debe ser contrastado con la profunda desigualdad económica que ha producido ese mismo liberalismo). En segundo lugar, la participación política voluntaria (que debe ser contrastada con la profunda desafección política que en la práctica fomenta el individualismo liberal); y en tercer lugar, el poder de elegir representantes políticos (que debe contrastarse con los límites de la representación, con la reducción de las opciones, y con actores que no pueden disputar el juego político por la falta de requisitos y recursos para ser aceptados como competidores legítimos). Estas condiciones políticas, junto con las condiciones económicas del liberalismo, es lo que pretenden superar los nuevos gobiernos de izquierda en Latinoamérica. Dice Arditi:

“…en el dispositivo llamado “giro a la izquierda” el liberalismo es lo que somos pero también lo que gradualmente estamos dejando de ser mientras que el post-liberalismo es un síntoma de lo que estamos en proceso de convertirnos, un indicador de nuestro devenir-otro.” (17).

El post-liberalismo de la nueva izquierda se orienta tanto por la recuperación de la dimensión utópica, que tiene su expresión más conocida en la frase de Ignacio Ramonet: “Otro Mundo es Posible”; como en una crítica radical del presente (de todo aquello que la “izquierda correcta” acepta como las reglas naturales e inmodificables del juego).

Una buena síntesis de esa nueva utopía es la desarrollada por Dussel (2006). Hay una situación actual de “corrupción de la política” que se manifiesta en la relegación política de la lucha por la igualdad, en la construcción de mecanismos de alienación que generan apatía política y en que amplios sectores sociales son excluidos de representación (así como descalificados en sus ideas o más significativamente de su ser: mujer, intergénero, negro, indígena, etcétera). Frente a eso, propone la recuperación de la dimensión ética de la política, para contrarrestar la fetichización del poder y construir una política de la obediencia al pueblo y no de su subyugación.

Siguiendo a Arditi, esto se consigue por medio de la construcción de una ciudadanía social (18), es decir, un empoderamiento no sólo en la elección de representantes sino también en la toma de decisiones sobre diversos asuntos públicos, lo que implica, entre otras cosas, romper con el esquema tradicional de la representación de partidos políticos, y construir nuevas formas de organización social que realcen la solidaridad de lo colectivo y combatan la desafección individualista.

Esta búsqueda (siempre incompleta) de construir una nueva sociedad ha sido descalificada como retórica y populista. Tanto Dussel como Laclau (2006, b) destacan que los críticos de los nuevos gobiernos de izquierda utilizan la palabra “populista” como un insulto. Más específicamente esta descalificación destaca la supuesta vaguedad, pobreza intelectual, transitoriedad, manipulación y simplificación de la realidad que efectúa el populismo (Laclau: 2006, b,31-35); la que a su vez debe ser puesta en contraste con las complejas decisiones técnicas (incomprensibles para la ciudadanía) en las que ha derivado la política liberal, manejada por una tecnocracia cada vez más distante de su fundamento en el pueblo.

Sin embargo, y siguiendo a Laclau, si hay, al menos la posibilidad de una racionalidad tras el populismo. No es sólo un discurso retórico vacío de contenido, sino que se ha empezado a configurar un nuevo papel del Estado que recupera el poder para orientar el desarrollo económico y social (no eliminado el mercado, pero si afectándolo profundamente). Expresa Ramírez:

“…a través del relanzamiento de la inversión pública en sectores estratégicos de la economía y en infraestructura, el restablecimiento de su capacidad redistributiva y la voluntad de recuperar la propiedad -o la gestión- de los activos públicos privatizados.” (2006, 43).

Hay también una innovación en las prácticas democráticas. Frente a los prejuicios de los críticos como Castañeda y Tovar, los plebiscitos y los mecanismos de democracia directa como la participación popular en la gestión de presupuestos y políticas implican un proyecto que es profundamente democrático: actuar de acuerdo a las necesidades de las mayorías populares y no de las minorías económicas.

Pero, el populismo y sus formas de liderazgo carismático pueden llegar a ser peligrosas en la medida en que no se establezcan resguardos para que sea siempre el pueblo o la ciudadanía social quien constituya el fundamento último (y con esto queremos decir que el pueblo cambia significativamente su composición con el tiempo, la desigualdad adquiere nuevas formas y afecta a distintos sectores de la sociedad, lo mismo que varía la pobreza). El populismo es una estrategia política útil para cambiar un orden político hegemónico por otro, pero no hay que olvidar que también ha construido nuevos órdenes injustos. Tampoco hay que olvidar que los líderes van perdiendo su carisma y pueden derivar con facilidad hacia el autoritarismo, y por tanto, al olvido de la democracia directa con fundamento en el pueblo.

¿Cuál es el principal síntoma de que estos errores están ocurriendo? Los mismos errores que se perciben en el modelo democrático liberal: la desconexión de las instituciones de sus fundamentos populares: la autoreferencia del poder, su fetichización. Es decir, en la medida en que un proyecto de izquierda consiga mantener activa la idea de movilización social, en la medida en que la opinión popular es tomada significativamente en cuenta, en que es politizada mediante diversos mecanismos de participación directa, el populismo sigue siendo democrático. La pérdida de la participación es entonces el síntoma antidemocrático que hay que estar atentos a criticar en la nueva izquierda latinoamericana.

Aquí es donde se perciben diferencias significativas entre Brasil y Venezuela como dos representantes de la izquierda. Por una parte, Brasil (algo que discutiremos a continuación) a optado por una renovación política y económica principalmente en referencia al ámbito internacional; pero ha postergado las transformaciones internas, lo que ha producido en la actual coyuntura de cambio de gobierno, una confrontación con un amplio sector de la sociedad que originalmente lo respaldaba, siendo especialmente relevante el enfrentamiento con el Movimiento de los Sin Tierra. Como se ha dicho, la construcción de esta nueva izquierda no está exenta de contradicciones, y esta separación entre las demandas democráticas internas y la búsqueda de una integración mundial en condiciones de mayor igualdad es una de sus manifestaciones. Por otro lado, en Venezuela, a pesar de todas las críticas realizadas al liderazgo carismático de Chávez, el poder político no se ha vuelto autorreferente, la constante referencia a la movilización social y las prácticas plebiscitarias muestran una voluntad de considerar las demandas populares. Esta por verse, sin embargo, qué sucederá cuando las demandas populares no coincidan con los intereses del gobierno.

Como expresa Laclau (2006, 58), la persecución de un nuevo orden social es siempre una cuestión de grado. Hay un momento en que la búsqueda se transforma en el mantenimiento del statu quo conseguido: “Nunca habrá una lógica popular dicotómica que disuelva cien por ciento el aparato institucional de la sociedad.” (Idem, 58).

b) Recuperar las relaciones entre países latinoamericanos: nueva integración y nuevo rol en ámbito mundial. Nos hemos ido acostumbrando a que las relaciones entre países en el contexto de la globalización sean principalmente comerciales, al hecho de que la única vía posible de integración entre países sean acuerdos comerciales, eliminación de barreras arancelarias y más específicamente tratados de libre comercio; aunque en realidad las relaciones internacionales siempre tienen un componente político.

Este ha permanecido oculto o al menos subyugado a los intereses políticos y económicos del principal actor hegemónico, Estados Unidos. Castañeda y Tovar critican el antiamericanismo (en el sentido en que los estadounidenses entienden “americano”) de la “izquierda equivocada”, como si no existiesen fundamentos políticos e históricos que avalen esta actitud. Así como en las relaciones nacionales se construye una democracia orientada a cambiar el orden social interno; el proyecto en el ámbito mundial es, al menos, poner en cuestión el orden económico y político global.

Estados Unidos y los demás países desarrollados imponen a sus “socios” comerciales en latinoamericana condiciones asimétricas que impiden conseguir actividades productivas innovadoras, y desarrollar servicios e industrias que permitan conseguir un mayor desarrollo para la región. Como expresa Ramírez, el proyecto internacional de la nueva izquierda implica pasar de una situación de libertad absoluta para el mercado a otra de negociación con los actores transnacionales:

“La inserción soberana en el escenario internacional por vía del incremento de la capacidad de negociación con los actores económicos transnacionales; el impulso de una política exterior dinámica y multilateral que replantea los nexos con Estados Unidos; el énfasis inédito puesto en los procesos de integración regional con una agenda geopolítica que busca superar el carácter estrictamente comercial de los acuerdos previos, y la apuesta por proyectos de inversión conjunta en sectores económicos de alto impacto regional y nacional…” (43-44).

En la medida en que las relaciones internacionales se vuelven más políticas se pueden tomar decisiones que no están basadas en la maximización de ganancias. Las relaciones entre actores internacionales no tienen porque ser asimétricas y eso es precisamente lo que intenta hacer la nueva izquierda latinoamericana desarrollando acuerdos comerciales y políticos donde también está presente la solidaridad.

El ejemplo más significativo de este nuevo rol político y solidario en la región es el desarrollado por Brasil. Se ha posicionado como un actor significativo que debe ser escuchado debido a su rol como un miembro del BRIC (grupo compuesto además por Rusia, India y China) apelando por una nueva estructura de poder en organismos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario. Según Celso Amorim, canciller de Brasil, sin existir una confrontación entre Brasil y Estados Unidos, sí existen desacuerdos entre ambos países en temas como la conferencia del clima en Copenhague, las negociaciones comerciales de Doha, y la percepción de conflictos políticos en Irán, Honduras y Medio Oriente, además de las tareas solidarias a realizar en Haití (La Jornada, 27/11/2009, 21)

Aunque, no se trata sólo de confrontarse con actores dominantes, sino también de reconstruir lazos solidarios entre los países de la región. Se construyen nuevas formas de colaboración política y económica entre los países de la región. Puede verse como ejemplo de este proceso la creación del ALBA, o los acuerdos entre Venezuela, Bolivia y Cuba para generar intercambios, que en términos de valor económico son asimétricos, pero que en términos de aportes solidarios pueden considerarse equivalentes. Otro ejemplo de este nuevo tipo de relaciones solidarias es la creación del Banco del Sur, que pretende reducir la dependencia de las estructuras de financiamiento que continúan la promoción de políticas neoliberales.

Más allá de la dicotomía sobre una izquierda correcta y otra equivocada, he argumentado que hay que resignificar lo que implica ser de izquierda en la actualidad, fundamentalmente, a través de la aplicación de los valores históricos que la han caracterizado (libertad en vinculación inseparable con igualdad y solidaridad social) al contexto social, político y económico de las últimas décadas. No se puede ser de izquierda si no se confronta abiertamente el proyecto neoliberal, y en ese sentido, la denominada “izquierda correcta”, lo sería únicamente como recuerdo de su pasado, y como estrategia electoral como se aprecia en el resultado electoral chileno en la primera vuelta presidencial.

También hemos querido mostrar que más allá de la forma política populista que han asumido los gobiernos de izquierda, puede empezar a percibirse la construcción de un nuevo proyecto social y político coherente tanto con las demandas populares como con las necesidades de desarrollo económicos de los países. Por esto puede decirse que se está constituyendo un proyecto democrático nacional fundamentado en estructuras políticas post-liberales, con nuevas relaciones entre líderes políticos y ciudadanía, con la recuperación de la dimensión política colectiva a través de diversos mecanismos de movilización social. Este espacio permanente de movilización social, y la referencia y obediencia de los gobiernos a las decisiones populares es lo que puede garantizar la continuidad democrática en la izquierda, y es , a su vez, una de las diferencias más significativa con la forma en que se manifestó la izquierda en las décadas anteriores, definidas por la naturalización del neoliberalismo.

Por otra parte, este proyecto en definición, también implica la recuperación de la dimensión política de las relaciones internacionales, y por la construcción de relaciones económicas orientadas no sólo por el lucro, sino también por la solidaridad social. En definitiva, se rompe con el statu quo liberal y se apuesta por nuevas relaciones entre estado, mercado y sociedad.



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