El niño que le tenía miedo a los pescados

Para Ale y Anto

 

Había una vez un niño que le tenía miedo a los pescados. Los veía y se ponía a temblar como una gelatina. Lo que sucedió fue que un día iba caminando por la orilla del mar mirando los barcos pesqueros que descargaban, cuando de pronto una red grande y repleta de pescados que una grúa había levantado sobre su cabeza se rompió y quedó sepultado y aturdido debajo de miles de pescados. Cuando se despertó después de este accidente, empezó a tenerle miedo a los pescados.
El problema es que este niño vivía al lado del mar, y más encima, su papá era pescador. Un día su papá le dijo:
– Oye Clemente- porque así se llamaba el niño- vas a tener que hacer algo para que se te pase el miedo a los pescados. Aquí donde vivimos te los vas a encontrar en todas partes, y cuando seas grande, a lo mejor vas a ser pescador igual que yo, y ¿qué puede hacer un pescador que le tiene miedo a los pescados?
El niño lo quedó mirando en silencio hasta que finalmente le dijo:
– ¿Y qué puedo hacer?- a lo que su papá le dijo:
-Yo no sé, pero, en ocasiones como esta lo mejor es preguntarle al Gato Viejo.
– ¿Al Gato Viejo? ¿Quién es? ¿Dónde lo encuentro?
– Eso es algo que yo no puedo decirte, el que busca al Gato Viejo siempre lo encuentra- le dijo su papá. Lo mejor es que le preguntes a algún otro gato.
Y el niño salió a caminar por la ciudad en busca del Gato Viejo, pero no lo encontraba, hasta que se acordó que lo mejor que podía hacer era preguntarle a otro gato. Y en un puerto, lo que más hay después de gaviotas gritonas, son gatos.
Al doblar en una esquina, de pronto vio a un gordo gato plomo sentado al sol lamiéndose una pata con mucha paciencia. El niño le dijo:
– Disculpe señor gato, ¿le puedo hacer una pregunta?- El gato siguió lamiéndose la pata y lo miró de reojo, como sólo puede mirar de reojo un gato.
– ¿Qué quieres saber?- dijo el gato y siguió lamiéndose la pata y mirándolo de reojo en silencio.
– Disculpe – dijo el niño. Quería preguntarle si usted sabe dónde puedo encontrar al Gato Viejo.
– ¡Al Gato Viejo!- maulló gritando y arqueando el espinazo y la cola el gordo gato-. ¿Quieres saber dónde encontrar al Gato Viejo?- dijo ahora con una voz que mezclaba el susto con el asombro. El niño sólo asintió con la cabeza.
– Bueno, tendrás tus razones para buscarlo. Siempre los que preguntan por él tienen sus razones. Aunque no siempre, aunque sepan donde buscarlo lo pueden encontrar. El Gato Viejo vive en el basurero de la ciudad.
– ¡En el basurero de la ciudad!- dijo el niño, ya que ahora era su turno de sorprenderse y asustarse.
Que un gato viviera en un basurero, sobre todo un gato viejo, no era nada extraño, y eso no explicaba ni el asombro ni el susto del niño. El basurero de la ciudad era y todavía es, realmente, el lugar más asqueroso del mundo. Era un lugar tan, pero tan asqueroso, que al parecer, el único que vivía ahí era el Gato Viejo, no se veían ni perros, ni gaviotas, ni cuervos, ni nada. Dicen que una vez alguien vio que una rata salió de ahí vomitando de asco, así de asqueroso era y todavía es el basurero de la ciudad.
Eso explica el asombro del niño, y el susto se debió a que como era el basurero de un puerto, estaba lleno de desechos de pescado. Pensar en aletas, en cabezas de pescado con la boca abierta, en escamas, en colas de pescado lo hacía temblar.
A pesar de eso. El niño se despidió del gato gordo y le dio las gracias y siguió su búsqueda. Como una hora después y sobreponiéndose al asco y al miedo llegó al basurero. Se puso a buscar por todas partes, pero ya no había nadie a quién preguntarle, y cuando ya se daba por vencido, vio el montículo más grande y más asqueroso de cabezas y colas de pescado que nunca nadie ha visto. Ahí, sobre el montículo, estaba el Gato Viejo.
El Gato Viejo era realmente un gato muy viejo. Alguna vez fue negro, ahora, nadie puede decir de qué color se ha vuelto. Es que es un gato realmente viejo. Algunos dicen que ya hace bastante tiempo cumplió los 150 años, y cuando le miras su cola quebrada en cuatro partes y cuando le miras el único bigote que que le queda en su cara, realmente piensas que tiene ya como mil años.
El niño subió al montículo y le dijo:
– Gato Viejo, necesito que me ayudes.
– Ya lo se todo – dijo el Gato Viejo-. Lo que pasa contigo es que le tienes miedo a los pescados y lo que más deseas es que eso ya no te suceda más.- El Gato Viejo levantó la cabeza y se quedó mirando al horizonte en silencio-. No te preocupes, yo sé lo que tienes que hacer. Tienes que pasar las tres pruebas… Las tres pruebas que pasan todos los gatos para convertirse en gatos honorarios de la Asociación del Gato Milenario.
El niño se quedó en silencio porque realmente no sabía que decir, sólo pensaba en lo terribles que serían esas tres pruebas.
– La primera prueba se inicia en este mismo lugar-dijo el Gato Viejo. Levantó su pata de un color indefinible y apuntó con su garra hacia abajo, hacia el montículo-. Toma de aquí una cabeza y una cola de pescado y dile a tu mamá que te haga una sopa.
– ¿Una sopa dijo el niño?- y no se pueden imaginar ustedes la cara que puso cuando hizo esa pregunta.
– Una sopa- dijo el Gato Viejo-. Y cuando te la hayas tomado toda y te hayas recuperado vuelve acá para que te diga cuál es la segunda prueba-. El niño se llevó la cabeza y la cola de pescado y se fue pensando en qué había querido decirle el Gato Viejo con eso de “cuando te hayas recuperado”.
Llegó donde su mamá y le dijo que le hiciera una sopa. La mamá como sabía que eso tenía que ver con una solución al miedo a los pescados, le hizo la sopa y el niño tapándose la nariz se la tomó todavía muy calentita.
El problema empezó como a la una de la mañana. Al niño le empezó a doler la barriga y tuvo que ir al baño, donde como se imaginarán explotó… y explotó y explotó durante toda la noche y toda la mañana y toda la tarde del día siguiente. Fue una explosión realmente asombrosa, tanto por la abundancia como por la duración.
Ya cuando se dio cuenta que no había nada más que pudiera hacer en el baño, el niño se arrastró como pudo hasta su cama y se durmió por un día completo. Cuando se despertó, se armó de valor y partió de nuevo a ver al Gato Viejo para saber si podía pasar la segunda prueba.
– Para la segunda prueba- dijo el Gato Viejo- debes salir a pescar un huachinango muy grande, y después debes ir donde el matón de tu escuela y decirle que te de un pescadazo.
El niño, ya decidido a dejar de tenerle miedo a los peces, se fue a pescar. Y luego de unas cuantas horas de espera consiguió un huachinango bastante grande, volvió a tierra y se fue a la escuela.
No le costó mucho encontrar al matón de la escuela. Estaba en el centro del patio y tenía agarrado por el cuello al gordo de la escuela, y le estaba quitando el súpersandwich que siempre le hacía su mamá. Frente al asombro de todos, Clemente se acercó al matón de la escuela, este lo miró y soltó al gordo de la escuela que se arrancó lo más rápido que pudo, que no era muy rápido, claro.
Todos los niños y todas las niñas de la escuela miraban a Clemente asustados y sin entender. ¿Que hacía acercándose de esa forma al matón de la escuela? Todos vieron como el niño le decía algo al matón de la escuela y le mostraba lo que había dentro de una bolsa que llevaba en su mano. Les aseguro que hasta al más valiente del mundo le hubiera atemorizado ver la diabólica mirada del matón de la escuela, y luego ver como en su boca se formaba una siniestra sonrisa que poco a poco se transformó en una carcajada profunda y maligna.
Todos vieron como Clemente habría la bolsa y como el matón de la escuela metía su mano en la bolsa sacando un enorme huachinango. Lo que pasó después fue muy rápido. Sólo se escuchó el golpe, una fuerte cachetada que más parecía un latigazo y luego todos vieron a Clemente salir volando y caer como a tres metros de donde estaba. El matón de la escuela soltó una carcajada más maligna todavía, tiró al suelo el huachinango, se dio media vuelta y se fue.
Al otro día, con la cara todavía hinchada por el golpe, el niño se fue a ver al Gato Viejo decidido a pasar la tercera prueba.
– Para la tercera prueba -dijo el Gato Viejo- debes ir al acuario de la ciudad y debes traerme una estrella de mar de seis puntas.
El niño pensó que por fin ya había pasado lo difícil, esta última prueba no parecía complicada, ni asquerosa, ni dolorosa: sólo había que encontrar la estrella, así que se fue lo más rápido que pudo al acuario de la ciudad. Cuando llegó se entretuvo recorriendo y mirando sobretodo la sección donde estaban las tortugas marinas porque esas no le daban miedo y le gustaban sus caparazones. Pero en los estanques de las tortugas no había ninguna estrella de mar de seis puntas, así que se fue a mirar los otros estanques y de pronto en uno donde habían muchos peces globo y una anguila vio que había una estrella de mar de color naranjo y que tenía seis puntas. Ahora lo único que tenía que hacer era encontrar una forma de meterse al tanque y sacar la estrella para llevársela al Gato Viejo, así que buscó un lugar y se escondió hasta que cerraron el acuario y se hizo de noche.
Se puso a buscar en silencio la forma de entrar al estanque y vio que subiendo una escalera podía entrar por una pequeña puerta que había en el techo. El único problema es que tendría que meterse a nadar y sumergirse hasta lo profundo del tanque para sacar la estrella. Así que se metió al agua lo más silenciosamente que pudo y empezó a buscar. De pronto vio que la anguila estaba durmiendo nada menos que al rededor de la estrella, pero por suerte no la estaba tocando así que, si hacía las cosas con cuidado, la podría sacar sin problemas.
Tomó aire, contuvo la respiración y se sumergió. Estiró su mano y muy silenciosamente cogió la estrella de seis puntas que necesitaba para completar la última prueba. Feliz por lo fácil que había resultado esta última prueba, empezó a subir rápido, y además, porque ya se estaba quedando sin aire. Pero hizo ruido y despertó a un pez globo que se hinchó como cuatro o cinco veces su tamaño y con una voz finita y chillona gritó:
– ¡Anguila, están robando tu estrella!
El niño trató de avanzar lo más rápido que pudo pero la anguila fue mucho más rápida y le dio una descarga eléctrica en pleno trasero. Clemente, dio un grito muy fuerte, pero como estaba debajo del agua nadie lo escuchó y el problema fue que como abrió la boca le empezó a entrar agua. Lo bueno fue que a pesar de todo no soltó la estrella y como pudo logró salir con ella del estanque. Y así, con la estrella en una mano y sobándose el adolorido trasero donde había recibido la descarga, se fue a ver al Gato Viejo.
Esta vez el Gato Viejo no estaba en el gran montículo de cabezas y colas de pescado, sino que estaba sentado en un neumático. El Gato Viejo, cuando vio la estrella le dijo:
– Siéntate aquí conmigo- pero el niño tocándose su dolorido trasero le dijo:
– No, mejor me quedo de pie no más.
– Bueno- dijo el Gato Viejo-. No sé si ya te diste cuenta, pero ya no le tienes miedo a los pescados, y ni siquiera sientes el olor.
– ¿Qué olor?- preguntó Clemente.
– ¿No recuerdas que estamos en el lugar más asqueroso de la ciudad?- le dijo el Gato Viejo sonriendo con satisfacción al ver la cara de sorpresa del niño.
– ¡Es verdad! ¡Ya no me molesta el olor!
– Pero además-dijo el Gato Viejo- ya puedes hacer todo lo que hacen quienes no le tienen miedo a los pescados. Puedes comer pescado, puedes pescar, puedes sumergirte entre ellos. Tu miedo a los pescados ha desaparecido para siempre, y además, por si no te has dado cuenta, la anguila te ha heredado el poder del rayo.
El niño apuntó con su dedo índice a un montón de basura que había por ahí y salió un rayo igualito al que la anguila le había disparado antes en el trasero, y pensó en que pronto lo podría probar con el matón de la escuela.
Clemente le dio las gracias al Gato Viejo por todo y se fue feliz a su casa, y a todo esto con mucha hambre, por lo que pensó que le pediría a su mamá que le hiciera una sopa de pescado, aunque menos asquerosa que la de la última vez.
Y así fue como Clemente, el niño que le tenía miedo a los pescados, dejó de tenerles miedo.

FIN

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